Es un día cualquiera (pongamos que martes, como hoy). Tengo que escribir, así que me siento frente al ordenador y empiezo a teclear. No me levanto de la silla en horas, porque las palabras fluyen solas. Y si no fuera así, no pasa nada; de todos modos, ya he escrito bastante esta mañana. Miro el reloj una única vez, justo un minuto antes de la hora de la cena. Apago el ordenador y, feliz porque he hecho más de lo que esperaba (¡dos capítulos enteros, y además han quedado genial, no tocaría ni una coma!), me voy a cenar. La cena, por cierto, me espera en la mesa.

Cuando termino de comer, llegan las palomas y, al más puro estilo Giselle en Encantada, se ponen a recogerlo todo. Yo me relajo en el sofá mientras un pegaso me abanica con sus alas y un oso de peluche gigante me da un masaje de espalda (tantas horas escribiendo sin moverse pasan factura).

Ah, no, perdón… Eso fue un sueño que tuve. Voy a volver a empezar, ¿vale?

Es un día cualquiera (pongamos que martes, como hoy). Tengo que escribir, y aún más, tengo ganas de escribir, así que mientras me preparo para ir al trabajo, ya estoy pensando en el maratón de escritura que me pegaré cuando vuelva. Me paso el día apuntando ideas, palabras, frases, y cuando nueve horas más tarde me siento delante de mi ordenador, no me sale nada. Solo tengo un par de horas para escribir y siento el cerebro frito, pero tengo que hacerlo, de modo que me obligo a quedarme sentada y al final sale algo.

Llega la hora de la cena. Lo sé porque he mirado el reloj muchas veces; no porque me aburra, sino porque sé que cuando escribo, pierdo la noción del tiempo, y yo tengo muchas cosas que hacer: preparar la cena, el tupper de mañana, hacerles caso a esas personas que viven conmigo y que dicen que me quieren. Tengo que cocinar y poner lavadoras y fregar y todas esas cosas que los animales del bosque hacían por Blancanieves.

La realidad es que el único animal que me ayuda a mí es Pepito Grillo: una voz que tengo siempre detrás de la oreja repitiéndome que escriba, que voy retrasada, que debería dedicarle más tiempo, que tengo que empezar con una nueva novela y dejar de perder el tiempo.

La realidad es que estoy aprovechando mi hora de comer para escribir esto, porque cuando llegue a casa tengo mil cosas que hacer y si quiero hacerlas y además escribir, no tendré tiempo para una entrada de blog.

¿Y a qué viene todo esto? A que hoy he leído a alguien defender el pirateo de un libro autopublicado en Amazon a 0’99€. Sus argumentos: no todo el mundo puede gastarse el dinero en libros; un euro es un potito para el bebé; no es justo que yo no pueda leer lo que quiera y me tenga que limitar a lo que me ofrece la biblioteca si quiero leer gratis de forma legal. Dejado de lado que me parece indignante piratear un libro de un euro y poner la excusa de que con ese dinero compras comida (es un euro, no veinte), ¿qué es eso de que no es justo?

Lo que no es justo es que los escritores tengamos que aguantar que nos digan que nuestro trabajo es sencillo y que no nos viene de un euro (¿aquí no vale el argumento de un euro es un potito?). Que nos dejemos la piel (y a veces la salud) durante meses en crear algo y que venga alguien y te diga que tu trabajo no merece esos 99 céntimos.

Lo que no es justo es, en definitiva, que esa persona que piratea una novela de un euro alegando que la cultura debe ser universal y accesible, sepa ver la importancia de un libro pero no la del escritor que lo ha creado.

 

 

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